DESPERTA FERRO CONTEMPORANEA Nº 32: JUTLANDIA

DESPERTA FERRO CONTEMPORANEA Nº 32: JUTLANDIA

Editorial:
DESPERTA FERRO
Año de edición:
ISBN:
978-92-0-374372-3
Páginas:
67
Encuadernación:
Grapado
7,00 €
IVA incluido
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Cuando se hizo a la mar a finales de mayo de 1916, la Grand Fleet portaba consigo las seculares tradiciones adquiridas por la Royal Navy, pero también el pesado manto de la inactividad. La última gran batalla naval en la que habían participado los buques de la flota británica, Trafalgar, en 1805, tenía ya más de cien años de antigüedad. No era poca cosa porque, por aquel entonces, la Marina de guerra se había convertido en una ansiosa devoradora de recursos, necesarios para botar inmensas moles de acero erizadas de cañones. Esto era especialmente cierto en Alemania, un país sin tradición de guerra naval que había hecho un inmenso esfuerzo para poder disputar la supremacía, aunque solo fuera en el mar del Norte y en el Báltico, a los imbatidos británicos. Todo estaba a punto de ser posible. Aquel 31 de mayo de 1916, en plena Primera Guerra Mundial, la Grand Fleet y la Hochseeflotte del káiser Guillermo II chocarían en la batalla de Jutlandia. Esta es la historia que queremos desplegar ante nuestros lectores en este nuevo número de Desperta Ferro Contemporánea: por qué construyeron su flota los alemanes, cuáles fueron los juegos estratégicos que llevaron a todos aquellos buques a surcar el mar del Norte, dónde estuvieron los momentos más épicos y más decisivos de aquel inmenso duelo a cañonazos y hasta donde llegaron las consecuencias de la descomunal batalla de Jutlandia, que también fue el último gran encuentro entre acorazados de la historia.

La Kaiserliche Marine. Alemania y la búsqueda del poder mundial 1898-1914 por Michael Epkenhans (Zentrum für Militärgeschichte und Sozialwissenschaften der Bundeswehr)

Mientras que muchas potencias habían empezado a construir sus imperios coloniales desde el siglo XVI, Alemania era una recién llegada; y a pesar de que había sido ella misma quien abriera la puerta al entusiasmo colonial de sus ciudadanos al establecer posiciones en África y en el Pacífico a mediados de la década de 1880, el propio Bismarck fue siempre muy reticente en esta cuestión. En cambio, el recién nombrado káiser Guillermo II fue uno de los impulsores más importantes de una política colonial más agresiva, que tenía como objetivo convertir a Alemania en una potencia mundial, punto de vista que defendió una y otra vez en sus discursos. El káiser no fue el único que defendió un cambio en la política exterior de su país, ya que muchos de sus contemporáneos consideraban que Alemania era una nación joven y vigorosa que debía hacerse más imperialista a fin de mantener tanto su estatus en el concierto de las grandes potencias como su futuro en un mundo cada vez más global.

La Royal Navy en guerra por Andrew Lambert (King’s College London)

El problema estratégico al que se enfrentó el reino unido en 1914 era de gran amplitud. Sus intereses políticos y económicos exigían una acción global, integrada y extensa, que pudiera proporcionar a Francia, e incluso a Rusia, una ayuda rápida y efectiva y que además satisficiera a los dominios y no pusiera en su contra a los países neutrales más importantes. Por ello, la estrategia a aplicar se basaría en el control del mar, es decir, en su capacidad de utilizar los océanos para cumplir objetivos tanto militares como económicos; y como solo se podían diseñar planes concretos en respuesta al desarrollo de los acontecimientos, gran parte de la planificación de preguerra se basó en identificar problemas y anticipar posibles soluciones. El punto de partida inicial fue defensivo, con ofensivas limitadas que coadyuvaran a la defensa; sin embargo, el envío de la British Expeditionary Force a Francia acabaría por ejercer una influencia desproporcionada sobre la estrategia británica durante los primeros meses de la guerra.

El HMS Dreadnought y la evolución del arma naval por Tobias Philbin

El acorazado fue el culmen de la tecnología naval, el epicentro de la estrategia marítima y, en tiempos anteriores al avión, los submarinos y las armas nucleares, la pieza más valorada y el elemento disuasorio estratégico definitivo. Por ello, es importante comprender algunas cuestiones relativas a estos buques: el significado que tuvo el diseño del HMS Dreadnought, el impacto que supuso en la innovación tecnológica naval de su época, su importancia en la carrera armamentística global y, finalmente y de modo más concreto en referencia a la batalla de Jutlandia, enumerar también las diversas clases de naves de guerra que participaron en la batalla junto a los acorazados. Es importante indicar que “dreadnoughts” fueron tanto los acorazados modernos como los cruceros de batalla, un tipo de buque, este último, que se vería lastrado por demasiados objetivos: rapidez, radio de acción y una poderosa artillería. Todo ello a costa del blindaje. Finalmente, cruceros acorazados y ligeros, destructores o torpederos, fueron también actores de la última gran batalla a cañonazos de la historia.

Beatty contra Hipper. El combate entre cruceros de batalla por Christian Jentzsch (Zentrum für Militärgeschichte und Sozialwissenschaften der Bundeswehr)

El 31 de mayo de 1916, Scheer impartió la orden de zarpar a la Hochseeflotte. Primero, hacia las 2.00 horas, levo anclas la fuerza de reconocimiento –formada por cruceros de batalla rapidos, cruceros ligeros y destructores– a las órdenes del vicealmirante Franz ritter von Hipper; y hacia las 3.30 zarpo de Wilhelmshaven el propio Scheer con el grueso de la flota. Después, el centenar de embarcaciones de todo tipo que conformaban la flota se dirigió hacia el norte, en dirección al Skagerrak. En ese momento, ni Scheer ni el almirante británico John Jellicoe sabían que su enemigo también había zarpado. En el caso de la Grand Fleet, el hecho había pasado completamente desapercibido al reconocimiento alemán, mientras que en el caso británico, se habían dejado engañar por una treta simple pero efectiva: para confundir al enemigo, el buque insignia de Scheer, el Friedrich der Große, había cambiado su señal de llamada y dejado la original en una estación radiotelegráfica terrestre, de tal manera que los británicos supusieron que la flota alemana aún estaba en Wilhelmshaven. Comenzaba la batalla de Jutlandia.


La batalla de Jutlandia II: Las flotas frente a frente por Nicholas Jellicoe

Tras el escaso éxito del combate con los cruceros de batalla enemigos, Beatty atrajo a Hipper –seguido de cerca por el grueso de la flota alemana comandada por el almirante Scheer– hacia el norte, donde esperaba encontrarse con Jellicoe y dar paso a la fase decisiva de la batalla de Jutlandia. Mientras lo hacía, hizo virar sus barcos poco a poco hacia estribor, para así ocultar la llegada de los buques de la Grand Fleet, a la que avistó a las 17.56 horas. En aquel momento, si bien llevaba una hora sirviendo de cebo para que los navíos alemanes navegaran hacia el grueso de la flota propia, llevaba fuera de contacto desde las 16.45, por lo que Jellicoe tenía muy poca información sobre la ubicación exacta del enemigo. A pesar de la carencia de información, Jellicoe sabía que tenía que desplegar su flota desde la formación de navegación, en forma de caja, a una extensa línea de batalla –una táctica que no había cambiado desde los tiempos de Nelson– que permitiera apuntar contra el enemigo tantos cañones como fuera posible.

El desenlace nocturno por Agustín Ramón Rodríguez González (Real Academia de la Historia)

La puesta de sol de aquel 31 de mayo se produjo a eso de las 20.00 horas, y la visibilidad, que había sido problemática durante la jornada, desapareció por completo una hora después, lo que obligó al cese del ya errático cañoneo mutuo. En aquel momento, las opciones eran muy distintas para las dos flotas enfrentadas en la batalla de Jutlandia. Para Scheer la única posible era la retirada y la vuelta a sus bases, pero descartada la ruta del norte, por el Skagerrak, le quedaban tres derrotas distintas: la de Heligoland, peligrosa por los campos de minas propios y enemigos, no bien conocidos y delimitados; la de contornear las islas Frisias; y la de arribar a Horns Reef, al sursudeste, la más corta y finalmente la escogida, que aunque tal vez fuera la que suponía mayor riesgo al tener que sortear la persecución de la flota enemiga, era la más deseable por el mal estado de alguno de sus buques y por la urgencia por volver a sus bases. Por su parte, Jellicoe implementó su prudente táctica de no arriesgar su superior flota en algo tan incontrolable como un combate nocturno y prefirió dirigirse hacia el sur, a la espera de encontrarse con la flota alemana fuera aún de sus bases al amanecer del día siguiente y aplastarla en un combate artillero convencional.

Der Tag. El enfrentamiento definitivo por Keith Bird (Kentucky Community & Technical College System)

En 1897, el káiser Guillermo II, un entusiasta de la Marina, había nombrado al almirante Alfred von Tirpitz para que gestionara el caro proceso de construcción de una flota y ejecutara el “plan” que cumpliera con las ambiciones navales y de poder mundial de Alemania. Durante este proceso, Von Tirpitz enfatizó la necesidad de tomar la iniciativa estratégica, con la idea de que solo una batalla lo más temprana posible, encabezada por los acorazados, que eran el símbolo del poder naval de una nación, podría permitir la adquisición de una “supremacía naval permanente”. En este contexto, uno de los muchos mitos de la batalla de Jutlandia (o Skagerrakschlacht, para los alemanes) es que esta fue la culminación de las estrategias británicas y alemanas, que tendían a buscar un choque decisivo. Sin embargo, ambas partes habían contado con que el adversario se comportaría tal y como esperaban sin entender que tenía alternativas, y ambas se llevaron una desagradable sorpresa.

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