Las ciudades-Estado de la Hélade se precian de ser muy civilizadas y de haber domesticado la guerra: los conflictos entre ciudades se declaran formalmente, las emboscadas y estratagemas están prohibidas, en las batallas vence quien inflige cierto número de bajas al enemigo y no hay saqueos ni se ataca a la población civil.
La generala Hipólita dirige exitosamente el ejército de su ciudad y está en la cúspide de su carrera política, siguiendo una vida marcial y predecible que aborrece. Hasta que los bárbaros Quénidas cruzan la cordillera Calidea y entran en el valle. No respetan ninguna clase de código de la guerra y presentan la mayor amenaza que han recibido en la Hélade.