Vaya, estás extraordinaria -le dije, al acercarme-, pero no consigo reconocer... -Una nuve- me interrumpió-, soy una nube. La aclaración me dejó provisionalmente desconcertado; luego, creí comprender, y al volver a mirarla, con mayor atención y tal vez con un ojo más crítico, no me pareció que ese etéreo alarde de suavidad y blancura, contiguo y parecido al de su propio cuerpo, así ahora desvelado, fuese del todo pretencioso o sin fundamento. Si ella se imaginaba ser una nube, una forma cambiante y sutil, inaprensible pero acogedora, esponjosa, sensual, parecía, realmente, serlo.